Con tan solo cinco palabras dichas por el vicepresidente Julio Cobos quedó cerrada la noche más larga y decisiva en la historia de los argentinos.
El senado había debatido sobre la ley oficialista de retenciones al agro durante horas, y los 72 senadores habían ido emitiendo sus votos uno por uno. Cuando ya eran las cuatro de la mañana, la votación terminó empatada. Entonces, en cumplimiento con una de sus obligaciones constitucionales, el vicepresidente (y presidente del senado) dio un paso al frente y se dispuso a desempatar la votación. Grande fue la conmoción general cuando el voto de Cobos resultó ser en contra de la ley. Reacciones fuertes por parte ambos bandos no se hicieron esperar. El campo estaba en éxtasis, mientras que en el gobierno cundía la indignación general.
Pero el sentimiento prevaleciente fue la sorpresa. Nadie esperaba que un vicepresidente vote de una forma contraria a los deseos de la presidenta de la nación.
Con lo sucedido quedo derribado el mito de que los vicepresidentes siempre son figuras simbólicas, con nula importancia, que terminan funcionando como títeres de la oficina presidencial. Si, a veces son todo eso, pero otras veces no deberían serlo nunca.
El vicepresidente tiene ciertas obligaciones constitucionales claras:
A- reemplazar temporalmente a la presidenta si ella se encuentra de viaje o imposibilitada temporalmente (por x causa) de ejercer el poder.
B- Simplemente permanecer vivo y listo para convertirse en presidente si la presidenta muere o renuncia.
C- Presidir el senado y desempatar una votación del cuerpo de senadores que finalice empatada.
Las obligaciones A y B son ejercidas por el vicepresidente como miembro de la rama ejecutiva. En caso de una situación A, la presidenta mantiene su titulo, aunque no pueda ejercer su trabajo en ese momento. Por lo tanto, seria moralmente incorrecto que su reemplazante temporal haga algo que se oponga rotundamente a los deseos de quien seguiría siendo la jefa del poder ejecutivo. En caso de una situación B, el vicepresidente se convertiría automáticamente en Jefe del ejecutivo. Y no tendría ninguna obligación, en ningún momento, de actuar como lo habría hecho quien fue elegido/a por el pueblo para mandar pero falleció. (Uno de los motivos por los cuales probablemente sea una muy buena idea prestar mayor atención a quien es segundo en la formula cuando hay elecciones)

La obligación C es ejercida por el vicepresidente como miembro de la rama legislativa. Debido a algo llamado “separación de poderes”, un temita del cual los argentinos todavía sabemos muy poco, mientras el vicepresidente cumple esta función puede perfectamente actuar según su propia ideología.
Julio Cobos hizo lo que le pareció que era lo mejor para su país. No se puede negar que haciendo lo correcto también llevó mucha agua para su propio molino. Pero, la verdad sea dicha, lo que él hizo era lo correcto. Alguien tenía que poner un freno a la locura de manera democrática. Cobos no solo tranquilizó los ánimos caldeados, sino que le dio tiempo a la presidenta para respirar normalmente otra vez.
Se le dio a la presidenta la oportunidad dorada de relajarse y sentarse a pensar una ley agraria que tenga sentido. Claro que no es así como lo vio Cristina Fernandez. Lo primero que hizo ella fue salir indignada y llamar “traidor” al hombre cuya decisión la podría haberla acercado a una solución permanente del conflicto agropecuario, que sigue sin final definitivo a la vista. Después vino la seguidilla de cambios en el gabinete. Aunque los funcionarios que tuvieron la mayor culpa en generar el desastre que fue la crisis agraria siguen allí. Los reemplazos no lograron nada excepto acentuar la existencia de una seria crisis de liderazgo. Y demostrar que este gobierno es totalmente incapaz de tener una reacción racional y centrada cuando sucede algo que les resulta desagradable. Supongo que algunas cosas nunca cambian.
El senado había debatido sobre la ley oficialista de retenciones al agro durante horas, y los 72 senadores habían ido emitiendo sus votos uno por uno. Cuando ya eran las cuatro de la mañana, la votación terminó empatada. Entonces, en cumplimiento con una de sus obligaciones constitucionales, el vicepresidente (y presidente del senado) dio un paso al frente y se dispuso a desempatar la votación. Grande fue la conmoción general cuando el voto de Cobos resultó ser en contra de la ley. Reacciones fuertes por parte ambos bandos no se hicieron esperar. El campo estaba en éxtasis, mientras que en el gobierno cundía la indignación general.
Pero el sentimiento prevaleciente fue la sorpresa. Nadie esperaba que un vicepresidente vote de una forma contraria a los deseos de la presidenta de la nación.
Con lo sucedido quedo derribado el mito de que los vicepresidentes siempre son figuras simbólicas, con nula importancia, que terminan funcionando como títeres de la oficina presidencial. Si, a veces son todo eso, pero otras veces no deberían serlo nunca.
El vicepresidente tiene ciertas obligaciones constitucionales claras:
A- reemplazar temporalmente a la presidenta si ella se encuentra de viaje o imposibilitada temporalmente (por x causa) de ejercer el poder.
B- Simplemente permanecer vivo y listo para convertirse en presidente si la presidenta muere o renuncia.
C- Presidir el senado y desempatar una votación del cuerpo de senadores que finalice empatada.
Las obligaciones A y B son ejercidas por el vicepresidente como miembro de la rama ejecutiva. En caso de una situación A, la presidenta mantiene su titulo, aunque no pueda ejercer su trabajo en ese momento. Por lo tanto, seria moralmente incorrecto que su reemplazante temporal haga algo que se oponga rotundamente a los deseos de quien seguiría siendo la jefa del poder ejecutivo. En caso de una situación B, el vicepresidente se convertiría automáticamente en Jefe del ejecutivo. Y no tendría ninguna obligación, en ningún momento, de actuar como lo habría hecho quien fue elegido/a por el pueblo para mandar pero falleció. (Uno de los motivos por los cuales probablemente sea una muy buena idea prestar mayor atención a quien es segundo en la formula cuando hay elecciones)

La obligación C es ejercida por el vicepresidente como miembro de la rama legislativa. Debido a algo llamado “separación de poderes”, un temita del cual los argentinos todavía sabemos muy poco, mientras el vicepresidente cumple esta función puede perfectamente actuar según su propia ideología.
Julio Cobos hizo lo que le pareció que era lo mejor para su país. No se puede negar que haciendo lo correcto también llevó mucha agua para su propio molino. Pero, la verdad sea dicha, lo que él hizo era lo correcto. Alguien tenía que poner un freno a la locura de manera democrática. Cobos no solo tranquilizó los ánimos caldeados, sino que le dio tiempo a la presidenta para respirar normalmente otra vez.
Se le dio a la presidenta la oportunidad dorada de relajarse y sentarse a pensar una ley agraria que tenga sentido. Claro que no es así como lo vio Cristina Fernandez. Lo primero que hizo ella fue salir indignada y llamar “traidor” al hombre cuya decisión la podría haberla acercado a una solución permanente del conflicto agropecuario, que sigue sin final definitivo a la vista. Después vino la seguidilla de cambios en el gabinete. Aunque los funcionarios que tuvieron la mayor culpa en generar el desastre que fue la crisis agraria siguen allí. Los reemplazos no lograron nada excepto acentuar la existencia de una seria crisis de liderazgo. Y demostrar que este gobierno es totalmente incapaz de tener una reacción racional y centrada cuando sucede algo que les resulta desagradable. Supongo que algunas cosas nunca cambian.

