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"Las decisiones son tomadas por quienes se presentan" Con esta simple premisa comenze mi blog en Febrero del 2007 con un simple objetivo en mente: dar mis ideas a conocer y conocer las ideas de otros. Quien quiera hacerse presente en este espacio sera muy bienvenido.

martes, 29 de julio de 2008

"MI VOTO NO ES POSITIVO"



Con tan solo cinco palabras dichas por el vicepresidente Julio Cobos quedó cerrada la noche más larga y decisiva en la historia de los argentinos.

El senado había debatido sobre la ley oficialista de retenciones al agro durante horas, y los 72 senadores habían ido emitiendo sus votos uno por uno. Cuando ya eran las cuatro de la mañana, la votación terminó empatada. Entonces, en cumplimiento con una de sus obligaciones constitucionales, el vicepresidente (y presidente del senado) dio un paso al frente y se dispuso a desempatar la votación. Grande fue la conmoción general cuando el voto de Cobos resultó ser en contra de la ley. Reacciones fuertes por parte ambos bandos no se hicieron esperar. El campo estaba en éxtasis, mientras que en el gobierno cundía la indignación general.

Pero el sentimiento prevaleciente fue la sorpresa. Nadie esperaba que un vicepresidente vote de una forma contraria a los deseos de la presidenta de la nación.

Con lo sucedido quedo derribado el mito de que los vicepresidentes siempre son figuras simbólicas, con nula importancia, que terminan funcionando como títeres de la oficina presidencial. Si, a veces son todo eso, pero otras veces no deberían serlo nunca.

El vicepresidente tiene ciertas obligaciones constitucionales claras:

A- reemplazar temporalmente a la presidenta si ella se encuentra de viaje o imposibilitada temporalmente (por x causa) de ejercer el poder.
B- Simplemente permanecer vivo y listo para convertirse en presidente si la presidenta muere o renuncia.
C- Presidir el senado y desempatar una votación del cuerpo de senadores que finalice empatada.

Las obligaciones A y B son ejercidas por el vicepresidente como miembro de la rama ejecutiva. En caso de una situación A, la presidenta mantiene su titulo, aunque no pueda ejercer su trabajo en ese momento. Por lo tanto, seria moralmente incorrecto que su reemplazante temporal haga algo que se oponga rotundamente a los deseos de quien seguiría siendo la jefa del poder ejecutivo. En caso de una situación B, el vicepresidente se convertiría automáticamente en Jefe del ejecutivo. Y no tendría ninguna obligación, en ningún momento, de actuar como lo habría hecho quien fue elegido/a por el pueblo para mandar pero falleció. (Uno de los motivos por los cuales probablemente sea una muy buena idea prestar mayor atención a quien es segundo en la formula cuando hay elecciones)

La obligación C es ejercida por el vicepresidente como miembro de la rama legislativa. Debido a algo llamado “separación de poderes”, un temita del cual los argentinos todavía sabemos muy poco, mientras el vicepresidente cumple esta función puede perfectamente actuar según su propia ideología.

Julio Cobos hizo lo que le pareció que era lo mejor para su país. No se puede negar que haciendo lo correcto también llevó mucha agua para su propio molino. Pero, la verdad sea dicha, lo que él hizo era lo correcto. Alguien tenía que poner un freno a la locura de manera democrática. Cobos no solo tranquilizó los ánimos caldeados, sino que le dio tiempo a la presidenta para respirar normalmente otra vez.

Se le dio a la presidenta la oportunidad dorada de relajarse y sentarse a pensar una ley agraria que tenga sentido. Claro que no es así como lo vio Cristina Fernandez. Lo primero que hizo ella fue salir indignada y llamar “traidor” al hombre cuya decisión la podría haberla acercado a una solución permanente del conflicto agropecuario, que sigue sin final definitivo a la vista. Después vino la seguidilla de cambios en el gabinete. Aunque los funcionarios que tuvieron la mayor culpa en generar el desastre que fue la crisis agraria siguen allí. Los reemplazos no lograron nada excepto acentuar la existencia de una seria crisis de liderazgo. Y demostrar que este gobierno es totalmente incapaz de tener una reacción racional y centrada cuando sucede algo que les resulta desagradable. Supongo que algunas cosas nunca cambian.

martes, 15 de julio de 2008

Otra jornada de discursos y cacerolas


En una jornada que fue llamada por algunos “el super-martes” argentino, campo y gobierno se disponen a medir sus fuerzas con discursos y manifestaciones multitudinarias que amenazan con volverse violentas, aunque no deberían. Esto sucede a solo un día de que el senado vote por la ratificación o modificación de las retenciones móviles, y cuando la ley oficialista ya cuenta con media sanción otorgada por la cámara de diputados.

Lo dije una vez, y lo repito: estoy en contra del gobierno, pero no estoy a favor de la manera en que se esta comportando el campo. Sí estoy a favor de la democracia. Sí estoy a favor de la institucionalidad. Sí estoy a favor de que la argentina sea un país serio en el que se puede disentir sin llegar al monumental desastre al que se llego cuando nuestra nación vivió su propia “guerra de los 100 días”. También estoy a favor de que la señora presidenta se comporte como tal y deje de ser opacada y disminuida por su esposo. Me da mucha vergüenza, como mujer, tener la mandataria que tenemos.

Sin embargo, a riesgo de pecar de oficialista, me veo obligada a estar de acuerdo con algo de todo lo que hemos escuchado durante la crisis agraria: esto debe resolverse democráticamente. Los argentinos pareciéramos no saber como vivir correctamente en un sistema democrático.
"La democracia es el peor sistema político que existe, con excepción de todos los otros sistemas.", dijo sabiamente Winston Churchill.
La democracia no es perfecta. No nos permite controlar nuestros destinos, solo nos permite elegir a las personas que van a controlar nuestros destinos. Para colmo, nos arriesgamos a que la persona que gane las elecciones sea alguien cuya mera presencia nos hace hervir la sangre. Y en una verdadera democracia quien gana, manda. Sin importar lo insoportable que esa persona sea o lo equivocada que esté. Sobretodo cuando dicha persona gano las elecciones sin mentir ni fingir ser algo que no era.
Ahora bien, ¿es así de simple? ¿Qué hay del pueblo? ¿el pueblo no puede expresarse? ¡Claro que sí! Hay formas de demostrar descontento, y son perfectamente validas y deberían existir en una democracia. Pero estoy hablando del pueblo golpeando unas cacerolas. Ni estoy hablando de los productores rurales ejerciendo su derecho a manifestarse. Me refiero al sector agropecuario que hundió a la nación en el caos y en una crisis económica cuando el país pasaba momentos de prosperidad y paz institucional. No hay derecho para eso.
El gobierno tampoco está respetando la institucionalidad que tanto dice defender. Hicieron falta cien días de caos para que la presidenta se digne a enviar una ley al congreso. Además, tenemos actuando como presidente de la nación a quien, en realidad, es el primer caballero y líder de un partido político. Por cierto, ese hombre lidera un partido político contra el cual se enfrentó en las elecciones presidenciales del 2003. A nadie parece importarle esa falta de seriedad. Ningún bando parece respetar la democracia y la institucionalidad.
Y si los del campo están indignados porque el congreso no va a hacer lo que ellos quieren, les tengo novedades: el congreso es de mayoría oficialista. Se trata de un congreso elegido por el pueblo. Y les tengo otra noticia: podrían haber votado a la Coalición Cívica en octubre y no lo hicieron. No recuerdo que el sector agropecuario halla movido un dedo para que el partido político que los apoya sea gobierno. Ahora es demasiado tarde. Pero hay elecciones legislativas en el 2009, y quienes ahora detestan al gobierno van a poder votar a Lilita Carrio y darle su apoyo, como deberían haberlo hecho. ¿Porque no hacer las cosas bien cuando llegue el momento en lugar de provocar caos, miedo y desestabilización ante los hechos consumados?